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LA MÚSICA

La música del Sema: ney, ayin y makam

Detrás de cada derviche que gira hay un conjunto. El aliento del ney, la suite del ayin, el makam modal y el tambor que sostiene el pulso lento de la ceremonia.

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La caña que lo abre todo

El sonido distintivo del Sema es el ney, una flauta de caña de soplido frontal cuya voz aireada, casi humana, abre la ceremonia en una improvisación libre y sin medida. Su significado está ligado a los versos más famosos de Rumi, en los que una caña cortada del cañaveral clama de anhelo por el hogar del que fue separada. En la comprensión mevleví, el sonido del ney es el aliento divino que anima la creación, y el dolor que contiene es la separación del alma de su origen. Así, la flauta no es un acompañamiento, sino un argumento: lo primero que hace la ceremonia es dejarte oír el anhelo del que trata todo el rito. Quien trata el ney inicial como una obertura que hay que soportar ha pasado por alto que ya es la ceremonia hablando.

El ayin: una suite, no una banda sonora

La música que acompaña el giro no es libre ni improvisada, sino una suite compuesta conocida como ayin, escrita específicamente para la ceremonia y estructurada para avanzar con sus etapas. Sus secciones se alinean con los saludos del Sema, cambiando de ritmo e intensidad para acompañar el movimiento espiritual de cada uno. Por eso la música nunca llega a resolverse del todo en una melodía que se pueda tararear: es música litúrgica, moldeada para un rito y no para un oyente. Existen distintos ayin, algunos con siglos de antigüedad y atribuidos a célebres compositores de la música de corte y de las logias otomanas, y una ceremonia determinada utiliza uno de principio a fin. Reconocer que la partitura es un arco deliberado y único, y no una lista de reproducción, cambia la manera en que el oído sigue esa hora.

El conjunto en la galería

Los músicos, a veces sentados aparte en una galería superior o lateral, forman un conjunto cuyo núcleo se construye en torno al ney, acompañado por la voz y la percusión, y a menudo por otros instrumentos clásicos turcos como cuerdas frotadas y pulsadas. Un vocalista interpreta los pasajes cantados, incluida la alabanza inicial. La percusión suele incluir un pequeño par de timbales y címbalos que marcan el pulso y las transiciones entre secciones. El equilibrio es contenido: la música está pensada para sostener y guiar el giro, no para dominarlo, y rara vez alcanza el volumen que un asistente a un concierto occidental podría esperar en un clímax. No hay clímax en ese sentido. La labor del conjunto es mantener una corriente devocional constante durante toda la duración del rito, y lo hace con una economía disciplinada.

Makam: el lenguaje modal

La música clásica turca, y con ella el ayin, se construye sobre el sistema del makam, una familia de modos mucho más intrincados que las escalas mayores y menores de la música occidental. Un makam no es solo una escala, sino un conjunto de expectativas sobre cómo una melodía asciende, se detiene y desciende, e incluye intervalos más pequeños que el semitono que otorgan a la música su color distintivo, a veces desconocido para oídos entrenados en otros lugares. Cada ayin está compuesto en un makam concreto, elegido por el ánimo y el carácter que transmite. No hace falta teoría para sentirlo, y el motivo de mencionarlo aquí es solo este: los momentos en que la música parece doblarse entre notas no están desafinados. Es el makam haciendo exactamente lo que debe hacer.

Escuchar como parte del rito

Para los derviches, la música no es un telón de fondo del giro, sino una compañera en él, el hilo audible que sigue todo el cuerpo, y para un visitante la forma más gratificante de asistir es escuchar de la misma manera. Siga el lamento inicial del ney, note cómo el conjunto se reúne bajo la alabanza sentada, sienta cómo llega el pulso cuando comienza el giro, y deje que los cambios entre las secciones de la suite marquen el paso de un saludo al siguiente. Escuchada así, la hora tiene una arquitectura clara en lugar de un tramo de repetición ininterrumpida. El silencio entre y alrededor del sonido también le pertenece; la convención de no aplaudir existe en parte para que el marco silencioso de la música nunca se rompa. La escucha es la participación que está a su alcance.

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